Universidad Adolfo Ibañez

Contragolpe

13 febrero, 2018

Agressor. Gerardo Varela será ministro de Educación y se ha confesado enemigo frontal de la agenda del movimiento estudiantil que la Nueva Mayoría adoptó como suya. Isabel Plá será Ministra de la Mujer y clamó a los cielos cuando se aprobó el aborto en tres causales –un logro apenas civilizatorio para el feminismo. Roberto Ampuero será Canciller y hace explotar granadas cuando se refiere a Cuba, Venezuela u otro paraíso bolivariano. Alfredo Moreno estará a cargo de la cartera que tiene por misión superar la pobreza y tiene más plata que pelo en la cabeza. José Ramón Valente será titular de Economía habiendo defendido toda su vida una ortodoxia cuasi-minarquista. O sea, Piñera sale a tocarle la oreja a la izquierda. Inaugura una derecha sin complejos de inferioridad.

En el fútbol, se habla de su majestad el contragolpe cuando un equipo está bajo asedio, recupera la pelota y se va con todo en demanda del pórtico rival. Es una analogía pertinente para explicar el diseño ministerial del presidente electo Sebastián Piñera. En los últimos años, la derecha chilena ha sufrido importantes derrotas ideológicas. Probablemente la más importante ha sido la demonización del lucro y el juicio ético sobre la focalización y la subsidiariedad. También ha recibido otras palizas culturales en aquellas batallas que tienen que ver con el cuerpo, la autonomía y la moral. La izquierda corrió el cerco de lo posible.

Por eso el gabinete que saldrá a la cancha en marzo se interpreta como una maniobra ofensiva. Agressor. Gerardo Varela será ministro de Educación y se ha confesado enemigo frontal de la agenda del movimiento estudiantil que la Nueva Mayoría adoptó como suya. Isabel Plá será Ministra de la Mujer y clamó a los cielos cuando se aprobó el aborto en tres causales –un logro apenas civilizatorio para el feminismo. Roberto Ampuero será Canciller y hace explotar granadas cuando se refiere a Cuba, Venezuela u otro paraíso bolivariano. Alfredo Moreno estará a cargo de la cartera que tiene por misión superar la pobreza y tiene más plata que pelo en la cabeza. José Ramón Valente será titular de Economía habiendo defendido toda su vida una ortodoxia cuasi-minarquista. O sea, Piñera sale a tocarle la oreja a la izquierda. Inaugura una derecha sin complejos de inferioridad.

Hay varias maneras de leer este envalentonamiento. La primera tiene que ver con el resultado de la segunda vuelta. Piñera esperaba ganar por una cabeza. Pero ganó con distancia. Eso le permite suponer que el mandato que los chilenos le han dado es amplio. La segunda no tiene tanto que ver con los holgados números que lo hicieron presidente por segunda vez. A fin de cuentas, el Piñera del balotaje tuvo que replegarse programáticamente, incluso abanderarse con algunos proyectos prototípicamente bacheletistas. Por tanto, no puede creer realmente que la ciudadanía esté enamorada de las ideas de la derecha. No, esta segunda tesis parte de la premisa de que la realidad está siempre en disputa y hay que salir a pelear por configurarla a la pinta. Es decir, Piñera se habría comprado la tesis de que estamos librando una batalla cultural y no es tiempo de guardarse nada. Piñera no va por el empate, como lo hizo la derecha desde el regreso a la democracia. Va por los tres puntos.

Esta tesis adquiere fuerza cuando se mira el tablero completo. Al frente, el gobierno tendrá un adversario mal parado, fracturado, groggy. No hay mejor momento para contragolpear. Piñera incita a la izquierda frenteamplista a atacar. La invita a salir a la calle. Le ofrece un partido de ida y vuelta. Sabe que la efervescencia del 2011 es irrepetible. La gente no se bancará otro año intenso de movilizaciones, especialmente cuando se percibe que las más demandas más emblemáticas de esa fuerza tectónica que recorrió Chile ya están siendo procesadas de una manera u otra por el sistema político. Por el lado de la vieja gran familia concertacionista, Piñera sabe que no hay nadie capaz de devolver el combo. Ya no está mamá Michelle para protegerlos.

También hay cierta provocación en ignorar olímpicamente la demanda por renovación política que se escuchó fuerte y clara en las elecciones parlamentarias. Piñera coqueteó con la idea de la savia nueva pero finalmente depositó su confianza en los viejos estandartes. Por un lado, se repite el plato una inédita cifra de seis ministros –convirtiendo a Piñera en el campeón de las sillas musicales que su coalición criticó por lustros con histeria. Por el otro, adjudica premios a la trayectoria a todos sus coetáneos que no agarraron ministerio la primera vez. Finalmente, eleva el promedio de edad en seis años respecto de su primer gabinete, inaugurando el gobierno más longevo desde Aylwin. Es decir, la manida demanda por recambio generacional le entró por un oído y le salió por el otro.

Tampoco se le nota intranquilo por designar un gabinete que acumula varios casos que calzan con la definición periodística de conflicto de interés. Mal que mal, el propio Piñera fue el niño símbolo del conflicto de interés en su estreno presidencial –la pobre Ena usó sus primeros seis meses frente al micrófono explicando las estrategias accionarias del jefe- y nada de aquello le hizo mella en su regreso. Fue costo hundido. Un gabinete ideológicamente radicalizado es una historia más sabrosa que cualquier otra. Si la oposición quiere golpear al nuevo gobierno por ese lado, estará hablando con la muralla.

Existe la posibilidad de que toda esta especulación sea ociosa y Piñera haya echado mano a lo que tenía sin tanto diseño ni estrategia. Pero a uno le gustaría pensar que hay una idea detrás de todo esto. En efecto, Ampuero puede vocalizar el anhelo piñerista de convertir a Chile en el opositor regional por excelencia del proyecto chavista, empalmando con el discurso de Amnistía y la OEA. Con Moreno, el presidente puede decir que pone la plata donde pone la boca. La Concertación usó ese ministerio como el vuelto del pan. Piñera, en cambio, pone al mejor de los suyos. Nunca un ministerio social había tenido tanta relevancia política. Otras apuestas son más difíciles de descifrar. Pero casi todas van en la misma línea: contradecir, al menos en el discurso, las ideas y las políticas más simbólicas que ha instalado culturalmente la izquierda en los últimos años en Chile.

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